II
Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar,
y que no se sabe dónde
temblando se clavará;
hoja que del árbol seca
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde al polvo volverá.
Gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar
y rueda y pasa y se ignora
qué playa buscando va.
Luz que en cercos temblorosos
brilla próxima a expirar,
y que no se sabe de ellos
cuál el último será.
Eso soy yo que al acaso
cruzo el mundo sin pensar
de dónde vengo ni a dónde
mis pasos me llevarán.
Este poema es el que, dentro de la obra Rimas del ya emblemático Gustavo Adolfo Bécquer, ocupa el segundo lugar. Un poeta plenamente romántico, aun siendo tardío, conocido sobre todo por sus poesías, de desamores tan profundos y capaces de identificar a cualquiera que vague perdido por su universo. Su vida, y su obra, estuvo marcada por el amor y el posterior abandono de Julia Espín, pero esta rima seguramente la escribió antes de que todo sucediera ya que se limita a describirse, comparándose con diferentes elementos.
Con estos versos pretende mostrar al poeta como un ser libre, una alma diferente al resto, que no encuentra su lugar, lo busca pero quizás no lo halle nunca.
Su estructura es regular, sus versos octosílabos se disponen delicadamente en cinco estrofas de cuatro versos cada una, con una disimulada rima asonante en los pares.
Bécquer se compara con todo aquello que no tiene rumbo, que nace, sí, pero que no sabe dónde yacerá. Igual que una flecha, que intenta conducirse hacia algún lugar pero no se sabe con certeza si alcanzará su meta. Dichosa la hoja de un viejo árbol, dichosa la ola, que el viento maneja a su antojo y se dejan llevar de un lado a otro. Ése es el poeta, que aun estando en un mismo sitio, su alma viene y va y se pierde, se encuentra y se desvanece para aparecer con más fuerza o, por el contrario, disiparse. Es un ser sensible, cualquier cambio puede provocar en él una agonía, la más profunda. Siente y, en ocasiones, lamenta sentir demasiado. Sus impulsos son los que le alumbran el camino, con una luz incierta. Todo a su alrededor es enigmático, lo único seguro es la propia muerte, que muchas veces es anhelada profundamente ya que es la última e única salvación.
Todas las palabras sobran cuando se habla de Bécquer, las suyas bastan. Sus versos son los únicos que pueden reflejar todo lo que él sentía, una agonía sorda. El poeta no es un ser mediocre, no es como el resto, y así lo demuestra.
